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¿Curioso? Lee extractos de las novelas de la saga y convéncete.

PERSONAJES

Fichas y biografías de los personajes de esta emocionante saga espacial.

RAZAS

Conoce a las diferentes especies alienígenas que aparecen en esta obra de ciencia ficción.

RESEÑAS.

Reseñas sobre las diferentes novelas de esta saga literaria.

PERFILES.

Perfiles personales de los personajes clave de la saga.

La Batalla de Tannenberg


¡Alemania está en peligro! Bueno, eso es lo que la extrema derecha proclamó durante los primeros cuarenta años de vida del gran Imperio Alemán. Desde su formación en 1871, la solución realista de Otto von Bismark concibió a una Alemania autosustentable, en la que todas sus comunidades fueran homogéneas y no hubiese alguna fuga imprevista que despedazara su esfuerzo. A pesar de haber sido despedido de su empleo por el Kaiser Guillermo II, su trabajo permitió la continuidad de una Alemania que increíblemente se ha conservado hasta nuestro tiempo. Aunque ha perdido tamaño y la prominencia continental de antaño, sólo existe una Alemania, donde vive el pueblo alemán. Y este lugar está contenido dentro de la imagen política que había concebido Bismark a lo largo de su vida.

Pero Guillermo II no era su abuelo, ni su padre. Como todo buen gobernante impaciente, de temperamento fuerte y cuya única virtud era su ambición pura; su deseo de opacar a sus primos y el desprecio (compartido) que sentía con Francia lo volvió enemigo de toda Europa. Así que cuando decidió apoyar al emperador Francisco Fernando I de Austria en su empeño de castigar a Serbia, terminó desatando la primera gran guerra mundial de toda la historia. Para su dicha, el cuerpo de oficiales alemán era el mejor que se podía encontrar en el mundo. Incluso, un genio fallecido hacía tres años (Alfred von Schiefflen) había concebido una operación tan majestuosa que sacaría a Francia de la guerra antes de que los rusos pudieran movilizarse completamente para pasarle el rodillo a los alemanes. Pero tal como Carl von Clausewitz predijo más de un siglo atrás, "ningún plan sobrevive el primer contacto con el enemigo".

Para Agosto de 1914 Rusia estaba movilizada y Prusia Oriental se encontraba entre sus primeros objetivos. Una urgida Francia solicitó su ayuda para liberar la tensión que estaban sufriendo en el Frente Occidental. De esta forma, el Primer Ejército Ruso al mando del general Pavel von Rennenkampf invadiría esa enorme saliente en el Imperio Ruso desde el este, mientras que el general Alexander Samsonov atacaría desde Polonia al suroeste con el Segundo Ejército. El plan era bastante simple en papel, hacer avanzar las dos aplanadoras hasta rodear y destruir a los alemanes en Prusia Oriental.

Fieles a su forma de ser, los alemanes se prepararon diligentemente en caso de esa eventualidad. La ciudad de Königsberg (hoy conocida como Kaliningrado porque gracias a la Segunda Guerra Mundial ahora pertenece a Rusia) fue reforzada por una serie de fortificaciones que protegerían la ciudad. Así mismo, se conservaría al Séptimo Ejército Alemán en la zona para sostener a los rusos, mientras el Octavo Ejército se mantendría como reserva por detrás del Vístula. Lo único que tenían que hacer era aguantar el tiempo suficiente para que el Plan Schiefflen se llevara a cabo y Francia saliera de la guerra. Por lo menos ese era el plan (von Clausewitz, la humanidad te odia por decir la verdad).


Tal como suele suceder, el Octavo Ejército no contenía lo mejor de lo mejor, sino que era un puesto de "retaguardia" dónde se enviaba a podrir a los elementos indeseables del Ejército Alemán. Tanto el general Hermann von Francois (insubordinado sin remedio) como el general Alfred von Mackensen (a punto de retirarse) eran extraordinarios oficiales a pesar de sus problemas. Pero su superior inmediato, Maximilian von Prittwitz jamás había comandado en combate nada superior a una compañía en la guerra inmediata en la que peleó (la Guerra Franco-Prusiana). Aristócrata bien posicionado, de una familia de abolengo, era más un general de modales. Animado por la primera victoria en manos de von Francois (al desobedecer órdenes) en la batalla de Stallupönen (17 de agosto), pensando que sólo había un ejército ruso en el campo; von Prittwitz apostó el destino de Prusia Oriental en la batalla de Gumbinnen (20 de agosto) y perdió.


Sin importar de quien la culpa del retraso que provocó la derrota (von Mackensen y von Below cojeando con sus fuerzas), esto se combinó con la situación en el suroeste, donde un ejército ruso apareció de la nada para amenazar su flanco. Con un ejército que no podía derrotar al frente y otro ejército fresco a su espalda, von Prittwitz perdió el nervio y ordenó una retirada general de todo el Octavo Ejército, detrás del río Vístula. Por supuesto, cuando la orden llegó al alto mando alemán, no les gustó para nada la decisión, por lo que fue destituido en el acto. En una de las pocas decisiones efectivas que tomaría durante la guerra (bueno, lo que pudo pelear de ese año), el general Helmut von Moltke el Joven decidió que era políticamente inaceptable perder a Prusia Oriental. Casualmente, había mandado a llamar a un joven general que había sido clave en la toma de Lieja. A pesar de encontrarse en medio de las operaciones de sitio de Lamur, Erich Ludendorff acudió de inmediato y fue asignado como Jefe de Operaciones del nuevo comandante del Octavo Ejército, un oficial de escritorio retirado de nombre Paul von Hindenburg. Luego de encontrarse en Hannover, en el tren camino a su nueva asignación ambos oficiales entablaron una relación que duraría el resto de la guerra.

Al llegar al frente, la situación resultó no ser tan alarmante como la imaginaban. Gracias a la colaboración del coronel Max Hoffman ambos fueron puestos al tanto de los acontecimientos. Debido a los problemas de suministros, el general von Rennenkampf había detenido el avance de su Primer Ejército para ponerse al día. En cambio, el general Samsanov se adentraba cada vez más en Prusia Oriental. Pero había dos cosas que se hicieron evidentes de inmediato; Hoffman sabía (y puso al corriente a sus superiores) que los dos generales rusos no se llevaban bien desde la Guerra Ruso-Japonesa, y para empeorar las cosas, por alguna razón los rusos enviaban sus transmisiones inalámbricas sin codificar, algo que resultaba increíble para ambos. Pero lo más reconfortante de todo, tenían un plan de acción para evitar el desastre.

El conde de Waldersee (el jefe de operaciones de von Prittwitz), puesto al día con la diferencia entre ambos generales, apoyó la sugerencia del coronel Hoffman de enviar a un cuerpo del ejército para tratar de acorralar al Segundo Ejército, aprovechando que el Primer Ejército no se movía. Cuando sus nuevos superiores llegaron, ambos se pusieron al día y bajo sugerencia del Ludendorff sólo se dejó una división de caballería haciendo pantalla al Primer Ejército Ruso mientras movía por tren al resto del Octavo Ejército para acorralar a Samsanov (23-26 de agosto). Esto fue una maniobra sumamente arriesgada, ya que el Primer Ejército había comenzado a moverse. Pero gracias a las transmisiones inalámbricas, estuvieron conscientes de que ninguna de las dos fuerzas rusas pensaba reunirse por el momento. De esta forma dejaron que las cosas tomaran su rumbo.

El 26 de octubre, el XVII Cuerpo Alemán inició el combate en el flanco izquierdo. Para ese momento, el flanco derecho de los rusos colgaba en el aire. Mientras tanto, el avance del Primer Ejército hacia Tannenberg fue obstaculizado por el XX Cuerpo. El único avance exitoso se dirigía al poblado de Allenstein. El 27 de octubre Francois inicia su ataque sobre el I Cuerpo Ruso y lo hace retroceder. Entonces, al sentir la resistencia Samsonov ordena detener el ataque sobre Allenstein y enfocarse en Tannenberg. Para este momento ya todo el grueso del Segundo Ejército Ruso se encontraba en el área.


El 28 se hizo evidente la situación. Retrocediendo en su ala izquierda y sin posibilidad de avanzar en el centro, Samsonov ordena una retirada general hacia el sur. Pero el XVII Cuerpo Alemán ya se había movido a las inmediaciones de su área de reagrupamiento en el Frongeau. Cuando los rusos llegaron se percataron de que estaban completamente rodeados. Luego de ser ablandados por la artillería durante el día 29, el grueso de todo el Segundo Ejército Ruso se rinde para el 30 de agosto. Al costo de 15 mil hombres los alemanes habían capturado 92 mil hombres y matado a otros 78 mil. Era la primera gran victoria alemana (y una de las más significativas) de toda la guerra.



Para los rusos el desastre fue más allá de lo que habían imaginado. Aunque era gran amigo del zar, el general Samsonov se suicida para evitar la vergüenza de entregar el informe de su derrota. El Primer Ejército Ruso, debatido entre el ataque a Königsberg y apoyar al Segundo Ejército queda mortalmente esparcido a lo largo de Prusia Oriental, por lo que Hindenburg ordena el traslado de todo el Octavo Ejército por tren al área de los lagos de Masuria donde lo golpeó con fuerza y lo obligó a retroceder. Pero otros acontecimientos en el frente austrohungaro impedirían a los alemanes tomar la iniciativa y adentrarse en la rusia zarista.


Como un orgulloso y determinado aristócrata apenado por la falta de lustre de su madre, Paul von Hindenburg es quien decide nombrar la batalla como Tannenberg, obligando a Eric Ludendorff a trasladarse a la ciudad para de ahí dar el parte. Él sabía muy bien que a pesar de haber ocurrido en las inmediaciones de Allenstein, Tannenberg evocaría el sentido del nacionalismo alemán y convertiría a sus triunfadores en héroes, lo que así fue. Hindenburg con el tiempos se convertiría en la figura paternal que guiaría a Alemania en la guerra y durante la República de Weimar. Pero lamentablemente, conforme envejecía este imponente político se tropezaría con otro veterano que tomaría el poder a su lado de forma democrática. Cuando él murió, Adolf Hitler construyó un enorme mausoleo en el área, el cual destruyo hacia el final de la guerra.


El éxito alemán en la batalla de Tannenberg resalta el nuevo tipo de guerra que se lucharía en esta contienda. A pesar de la enorme aplanadora frente a ella, el Octavo Ejército Alemán pudo llevar a cabo su movilización completa por tren para derrotar en detalle a dos ejércitos completos en dos meses, un logro que muy pocas veces se ha repetido en la historia de la humanidad. Esto le daría una dimensión completa a la guerra, indicando que la victoria o la derrota podría venir de las comunicaciones y de la capacidad de mantener abastecidas a las tropas. Hindenburg y Ludendorff se convertirían en figuras mediáticas en el Imperio Alemán, serían inmunes a críticas y darían a su pueblo varias victorias más antes del desastre final. Y al igual que la batalla del pasado, Tannenberg marcaría un antes y después para el pueblo eslavo. Porque los rusos jamás se recuperarían de este desastre y terminarían con una revolución que trajo al comunismo al gobierno y a la historia de las naciones.



El Escape del Goeben y el Breslau


Durante la historia de la humanidad, han existido momentos en que una fuerza militar se encuentra ante una desventaja militar en que nunca jamás hubiese sospechado encontrarse. Una situación de la que no existe salida posible, pero a través de la cual se mide de lo que están hechos los hombres que se encuentran en ella. Desde tiempos inmemoriales los lectores nos hemos visto cautivados por los relatos de estas aventuras improbables, hemos imaginado que se hubiese hecho en otro caso y como las circunstancias se presentaron favorablemente para poder convertir a sus involucrados en leyenda. Anabisis de Jenofonte (a través de la Expedición de los Diez Mil) nos dio un ejemplo para la posteridad de que una fuerza decidida al mando de un comandante eficiente puede conseguir milagros. Esto mismo sucedió con la pequeña Flota Mediterránea del Imperio Alemán durante los primeros días de la Primera Guerra Mundial.


Es que el Kaiser Guillermo II siempre había tenido ambiciones mundiales. No sólo había comprado, conquistado, violado y ocupado cada lugar que las demás potencias no habían poseído. También quería meterse en el área de influencia de sus odiados enemigos. Francia por supuesto era su principal objetivo, pero la envidia y la verdadera fuente de su odio siempre sería la pérfida Albion (Reino Unido). Por esto, como un pavoreal que se pavonea de sus plumas nuevas, este preparó una pequeña flota para representarlo en el Mediterráneo, en donde en conjunto con las fuerzas que el Imperio Austro-Hungaro y el Reino Italiano pudiera ofrecer consideraba que podía hacer frente a los barcos obsoletos que los franceses y los británicos tenían en este océano. Pero, cuando Italia no honró su parte del trato y se declaró neutral, la situación de esta pequeña flota se volvió insostenible.

Como todo buen oficial aguerrido y de combate, el contralmirante Wilhelm Souchon obedeció de inmediato las órdenes que había recibido por adelantado de la marina alemana. Estacionado en Pola (actualmente Croacia) para el estallido de la guerra, el escuadrón partió del puerto de inmediato aunque no se habían terminado las reparaciones de su nave capitana, el crucero de batalla Goeben. Con esto tenía dos objetivos, evitar quedar atrapado en el Mar Adriático (la suerte de toda la flota Austro-Hungara) y tratar de hostigar a los efectivos franceses e ingleses en el Mar Mediterráneo. Pero, tal como siempre sucede, la situación se volvió cada vez más peligrosa para este osado grupo. El Primer Lord del Almirantazgo (Winston Churchill de fama futura en la próxima guerra) le ordenó a la Flota Mediterránea Inglesa al mando de Sir Archibald Berkeley Milne proteger las rutas comerciales de transporte de los franceses. Este fue realmente específico al proclamar que una fuerza de cruceros no debía enfrentar a una "fuerza superior" sin un respaldo de acorazados correspondiente.

Milne ensambló su flota en Malta el 1 de agosto y le ordenó al contraalmirante Ernest Troubridge que se dirigiera de inmediato a cubrir la salida del Adriático. Pero por si las dudas, el alto mando llamó a dos de sus cruceros pesados a cubrir la entrada de Gibraltar para evitar que los molestos cruceros alemanes escaparan a casa. Pero los alemanes ya no estaban a la altura de Taranto. Es más, los alemanes ya no estaban en el Adriático. Sin recibir órdenes, el almirante Souchon planeo el bombardeo de Bone y Phillipville en la Argelia Francesa. Luego de separarse para atacar cada blanco, el 3 de agosto la pequeña flota se enteró de la declaración de guerra del Imperio Alemán a Francia. Para el 4 de agosto, la pequeña flota recibió una orden aún más perturbadora, proveniente del mismo almirante Tirpitz. "Proceda a Constantinopla". Estando tan cerca de su objetivo, Souchon no renunció a bombardear ambos blancos bajo bandera rusa, pero una vez terminada esta labor obedeció la orden y ambos partieron hacia Messina como alma que lleva el diablo.

La primera oportunidad que tuvieron los aliados de detener a estos intrépidos alemanes estuvo en manos del almirante frances Augustin Boue de Lapeyere. Como jefe de la Flota Mediterránea y con tres escuadrones a su mando (incluyendo varios cruceros acorazados pesados), este almirante pudo haber ordenado interceptar a los incómodos e inferiores en número alemanes. Pero era un oficial promedio, con una carrera prometedora de su juventud pero en este momento con más de sesenta años. Simplemente se apegó a la orden de defender a las ciudades y supuso que se retirarían hacia el Oeste (Gibraltar). La segunda oportunidad vino de parte del almirante vino de parte de los dos acorazados enviados a Gibraltar (Indefatigable e Indomitable), que pasaron a línea de vista de ambas embarcaciones. Pero eran las 9:30 del 4 de agosto. La declaración unilateral de guerra se presentaría hasta en la tarde, así que los atrevidos alemanes escaparon de nuevo de una segura destrucción por pura suerte.


Cuando Churchill ordenó la persecución de ambas naves, Milne dio la orden a sus cruceros de regresar. Pero estos no podían mantenerle el paso a los alemanes, así que cuando el HMS Dublin perdió el rastro de ambas naves en Sicilia, ellas pudieron llegar tranquilas a Messina. Pero mientras recargaban carbón, el almriante Souchon recibió las peores noticias. En primer lugar, el Imperio Austro-Hungaro no apoyaría a las naves ni se arriesgaría a salir del Mar Adriático. La segunda mala noticia es que el Imperio Otomano se retractó de su promesa y no iba a entrar en guerra de parte de los poderes centrales. ¿O quedar atrapado en el Adriático o recluidos ante una potencia neutral en el Mar Negro?


Los italianos no se la pusieron fácil y fueron muy estrictos con sus 24 horas para aprovisionarse. Pero el almirante Milne se apegó a sus órdenes, respetó la neutralidad de Italia (conservándose en aguas internacionales), desplegó a sus cruceros de batalla hacia el Oeste (dónde todavía suponía que se iban a dirigir) y le ordeno al comando del almirante Troubridge que vigilara la entrada al mar Adriático para impedir el escape de los alemanes. Pero los cruceros armados a su disposición no podían superar al Goeben en velocidad ni en poder de fuego. Para cuando los barcos alemanes partieron de puerto y estuvieron a línea de tiro, Troubridge siguió la orden de Winston Churchill, y no combatió cuando pudo interceptar las naves porque no contaba del apoyo para enfrentar a una "fuerza superior"; y como no recibió confirmación de su superior abandonó la persecución la noche del 5 de agosto. Los alemanes habían escapado.


Sólo el crucero Gloucester continúa a la vera de los alemanes, pero como tenían planeado recargar en alguna parte de Grecia, el Breslau lo enfrentó en combate y lo dejó atrás. Cuando Milne se dio cuenta de que los alemanes huían "hacia el Este" trató de coordinar una fuerza de combate efectiva, pero como Inglaterra le había declarado la guerra al Imperio Austro-Hungaro decidió que lo mejor era mantener tapado el Mar Adriático en lugar de perseguir a los alemanes. Finalmente para el 9 de agosto, Milne dio la orden de perseguir a las molestas naves alemanas, bloqueó el Mar Egeo y se dispuso a esperar, seguro de que el almirante Souchon no se atrevería a dirigirse a los Dardanelos. Se quedó esperando.


Souchon se reabasteció de carbón en la isla Donoussa el 9 de agosto, y violando toda clase de tratados se adentró por el estrecho de los Dardanelos el 10 de agosto de 1914. Con los británicos detrás de ellos, la diplomacia alemana convenció a Enver Pasha de dejarlos pasar y prohibir a los británicos continuar su persecución. Pero el Imperio Otomano era un país neutral, haber recibido a estas naves violaba su neutralidad. Por medio de la diplomacia, el Imperio Alemán ofreció como obsequio ambas naves al Imperio Otomano, que gustoso recibió los nuevos barcos en una pequeña ceremonia el 16 de agosto del 1914. Esto produjo un gran alivio a Gran Bretaña, pero de haber sabido lo que sucedería después no hubieran celebrado con alegría.


El destino se encargó de tornar esta extraordinaria aventura en ventaja para las Potencias Centrales. Debido a la guerra, Winston Churchill en su puesto de Primer Lord del Almirantazgo había requisado dos barcos en construcción para los turcos para usarlos en su propia flota. El problema es que el pueblo turco entero había pagado (por medio de rifas y bonos) para la construcción de estos acorazados. La entrega simbólica de la Flota Mediterranea Alemana a manos turcas fue un golpe mediático que desbarató el apoyo del ala anglófila del Imperio Otomano. Antes de terminar el año, los turcos entrarían a la guerra del lado de Alemania. Antes de terminar la década, el último califato de la historia desaparecería, hundiendo al Cercano Oriente en una crisis de identidad que aún hoy no ha terminado.

El Escape del Goeben y el Breslau es un vivido ejemplo de que un comando naval no puede estar atado por órdenes confusas, y en caso de no tener nada en claro el mejor curso de acción es uno decisivo. El contralmirante Souchon, ante la expectativa de quedarse atrapado en el Adriático o en los Dardanelos, sin saber donde se encontraba la flota británica escogió la ruta más larga de escape. Esto lo transformó en un héroe en Alemania, un almirante agresivo que fue la pesadilla de la flota rusa en el Mar Negro y le brindó prestigio en una naval que iba desapareciendo. En cambio, el almirante Milne, el almirante Troubridge y el almirante Lapeyere no recibieron ningún otro comando durante el transcurso de la guerra, fueron duramente criticados y quedaron al margen de cualquier otra maniobra. El resultado timorato de esta acción motivaría al almirante Cradock a acometer un ataque suicida en la Batalla del Coronel frente a las costas de Chile en contra del almirante Graf von Spee.


El destino de los vencidos se encargaría de archivar este evento en la historia. Pero más por humillación y por revisión, debemos recordar estas gestas donde personas normales deben enfrentarse a situaciones excepcionales. La aventura del Goeben y el Breslau debe quedar grabada en nuestras mentes, porque es algo que no se volvería a repetir hasta veinte años después, un escape exitoso de una fuerza condenada a la destrucción. Años después, en la Segunda Guerra Mundial, Dunquerque ejemplificaría esto para los británicos. Porque sobrevivir contra todo pronóstico es parte vital de una tradición militar; y estos navíos ejemplificaron el triunfo contra la adversidad.



La violación de Bélgica

El 28 de julio del 2014 se celebra el aniversario más importante de la historia de la humanidad. Con el rechazo de Serbia del ultimátum del Imperio Austro-Húngaro debido al atentado del príncipe Francisco Ferdinando; se desencadeno la bola de nieve que dio inicio a la Gran Guerra, aunque en ese momento nadie tenía idea de las consecuencias que tendría este evento para todo el mundo occidental. Durante estos 100 años Europa dio un giro radical de la monarquía a las democracias representativas, el nacionalismo se iría apagando en el continente (aunque ha renacido como fuerza de palanca de la ultra-derecha para boicotear los esfuerzos de unificación gracias a la crisis económica del 2008) y finalmente homogenizaría las nacionalidades en toda Europa Central, garantizando que jamás habría ninguna excusa o motivo para que se desate de nuevo una guerra tan horrible como las dos anteriores que dominaron la primera mitad del siglo XX.


Pero el militarismo alemán a principios de agosto de 1914 se encontraba frente a una encrucijada. El plan de ataque a Francia, desarrollado por el general Alfred von Schlieffen hacia 1905, dictaba que para no repetir la misma ruta de invasión de Francia de la Guerra Franco-Prusiana, el ejército alemán debía invadir Bélgica. El único problema es que cuando todavía era el Reino de Prusia, el Imperio Alemán había firmado un tratado de no agresión con el pequeño país, que garantizaría su neutralidad. Fue el mismo canciller alemán  Theobald von Bethmann Hollweg quien desechó el tratado, tildándolo de "pedazo de papel". Seguros de que Inglaterra no honraría el tratado ni entraría en guerra al lado de Francia y de que la resistencia el Bélgica sería apenas simbólica; los alemanes atravesaron la frontera el 4 de agosto de 1914. En ambos aspectos se equivocó grandemente, Inglaterra declaró la guerra el mismo día y la resistencia en Bélgica resultó mucho más fuerte de lo esperado.


En la mente de los comandantes alemanes de esta guerra estaba siempre presente el fenómeno de la guerrilla que tuvieron que enfrentar como oficiales menores durante la Guerra Franco-Prusiana. Con el recuerdo siempre vivo de los franc-tireurs, los especialistas tiradores y guerrilleros que hicieron casi imposible el movimiento fluido de las tropas durante la anterior guerra, los altos mandos decidieron que para evitar estas eventualidades, para romper el espíritu de resistencia de un pueblo con tanto coraje como Bélgica, debían destruirlo moralmente y darle un golpe contundente para que nunca se atrevieran a levantar la mano en contra de su nuevo amo.

Aunque hubo indicios y amagos de violencia de parte del Ejército Alemán, la violación de Bélgica como se conocería comenzó en Dinant. Uno de los centros de la industria armamentista belga, la resistencia de la ciudad y la incorporación de civiles convenció a todos los mandos del ejército invasor que tenían un problema de guerrillas formándose entre manos. De esta forma, en todo el centro y el este de Bélgica los alemanes comenzaron a quemar casas y matar civiles que consideraban sospechosos. 

El punto focal de su ira se concentró en la ciudad de Leuven. Luego de su capitulación, el 25 de agosto el ejército alemán entró a la ciudad, desalojó a su población civil y quemó todas las edificaciones. Durante la orgía murieron 248 personas, más de 10 mil quedaron desamparadas y sin hogar, refugiadas en su propia tierra. Pero ellos no pararon allí. Reportes constantes y consistentes daban constancia que por donde pasaban los alemanes se desataba la barbarie. 

En la provincia de Brabant se esparcieron rumores de que los alemanes desnudaban a las monjas, en la ciudad de Aarschot se informó sobre la violación de mujeres. El caos y la destrucción se desató a lo largo del territorio belga por donde pasaban los alemanes, con su cuota de muertos y destrucción que convertiría a Bélgica de la sexta potencia industrial a uno de los países más subdesarrollados de Europa al final de la guerra. Fue tan grave el daño que el Reino de Bélgica en la actualidad no ha recuperado esos niveles de industrialización. 


Si fuera por cuestiones de historia, lo sucedido a Bélgica puede ser un deja-vu debido a la política imperialista que el mismo país impuso sobre el Congo Belga (actual República Democrática del Congo). Sin embargo, el mayor beneficiado de esta orgía de destrucción y muerte protagonizada por los alemanes fue la Entente Cordiale. Tomando hasta el más pequeño rumor y magnificándolo hasta el infinito, los propagandistas de Francia e Inglaterra usaron lo sucedido como excusa para atraer a más aliados a su causa. Al final, esto combinado con la ineptitud diplomática del Imperio Alemán traería a la guerra a Estados Unidos, lo que le permitiría a la Entente sobreponerse en la guerra. Al final, el deseo de revancha de una Francia herida y una Inglaterra casi en la bancarrota serían la cuna de un conflicto más monstruoso que este. Donde estos horrores no sólo se repetirían, sino que se magnificarían hasta dejar al mundo sorprendido por el nivel de maldad que puede albergar el alma del ser humano. En realidad, no ocupamos demonios para que nos susurren, el ser humano por si sólo es lo suficientemente enfermo para cometer actos de maldad más allá de la comprensión. Y aceptar esto, enfrentarlo nos hace más humanos.