Metropolis: San José, Costa Rica. Capital por la voluntad de las armas.


¿Por qué? ¿Por qué la capital de Costa Rica es una de las más jóvenes de toda Latinoamérica? ¿Por qué la capital de un país diminuto y pacífico, sin ejército, de personas que han venido evolucionando en el subdesarrollo y la modernidad consideran su capital a una de las ciudades más horribles de Latinoamérica (sino del mundo). Soy costarricense, pero admito que San José es un basurero. Los turistas sólo pasan por Barrio Amón y existe una ruta establecida para evitar las zonas marginales. Pero en el Parque de la Merced ya no se puede descansar. La basura ronda los bulevares construidos hace dos décadas; las prostitutas, los proxenetas, los traficantes y la policía bailan una danza de iniquidad e indiferencia en las vías de tránsito rápido para persona. Los habitantes que debemos trabajar debemos evitar todo eso y continuar con nuestra vida. Para bien o para mal.


Soy mal costarricense al decir la verdad de una capital que como muchas otras en Latinoamérica sufre de la inoperancia de nuestros gobernantes y de su bien sabida incapacidad de gobernar una democracia en donde no hay un Poder que logre ostentarlo por suficiente tiempo. Pero como nacido en San José, como amante de las armas y que firmemente cree en las palabras de Robert Heinlein de que "se han resuelto mucho más problemas con la violencia que con nada más"; me llena de orgullo vivir en una de las pocas ciudades de todo el mundo que se ganó el derecho de ser considerada la capital de su país por las armas. Así es, San José es capital del pequeño Costa Rica gracias a las armas.


San José nació como muchas otras ciudades del colonialismo español en el año 1738, por órdenes del Cabildo de León. Esta medida tenía un doble objetivo, el primero era poder tener una estructura urbana en el área más poblada del Valle Central (no, el Valle del Guarco donde se encontraba la capital no era el más poblado para ese momento); el segundo era servir como contrapeso a la influencia de la ciudad de Cartago sobre la región. Lo irónico es que la orden fue construir una capilla, "La Boca del Monte", que sirvió como aglutinante para el desarrollo del casco urbano de la ciudad.


A diferencia de muchas otras ciudades, no hubo decreto ni acuerdo para formar a San José. Por lo tanto, en sus primeros años no existía gobierno formal establecido por el dominio español. Es hasta la Constitución de Cadiz de 1812 que San José fue elevada al nivel de ciudad y recibió a su primer gobernante. Lamentablemente, la constitución fue anulada y los derechos de la ciudad sólo fueron reconocidos hasta la segunda década del siglo XIX.

Irónicamente, los acontecimientos sucedidos durante la independencia de Centroamérica fueron el catalizador para que San José ganara su título de capital. El Imperio Méxicano de Agustín de Iturbide ambicionaba consumir centroamérica entre sus redes. Liberales y conservadores se debatían entre obedecer a quien era superior en armamento o optar por un sistema republicano. Agrupados en Cartago, los elementos monárquicos (del emperador Iturbide) dieron el primer golpe de estado del país; como respuesta San José (donde se asentaban la mayoría de los republicanos) respondió a la amenaza y ambas fuerzas se movieron hasta las alturas de Ochomogo en marzo de 1823, donde lucharon una batalla corta por el dominio del país. Los republicanos ganaron, pero imitando la Batalla de Nueva Orleans de 1812, habían depuesto a Iturbide el 19 de marzo del mismo año (maldito problema de comunicaciones). Gracias a la victoria, el comandante Gregorio José Ramirez (que actuaba con poderes plenipotenciarios) ocupó Cartago y en una de sus dos únicas leyes transfirió la capital a San José (¡si!).

Los siguientes años estuvieron llenos de incertidumbre. Tanto las ciudades vecinas de Alajuela y Heredia, así como la antigua capital Cartago deseaban el título y el honor de ser la capital del estado para si mismas. José Rafael de Gallegos, un Jefe de Estado notable que siguió las nobles tradiciones costarricenses, quiso quedar bien con todos estableciendo la Ley de la Ambulancia, que permitiría rotar la capital entre las diferentes ciudades. Fue un fracaso que provocó en parte su caída. En 1835, con los ánimos caldeados, llega un cartagines a gobernar el país, Brualio Carrillo Colina. Abogado pragmático y sin temor a nada, supo lo desasertado de la medida, así que la derogó y decidió transferir la capital a San Juan del Murciélago (ahora Tibas, hogar de la S) por decreto (a unos kilómetros entre San José y Heredia). ¡Ooops!

Es obvio que a nadie le gustó la medida. Alajuela se unió a Heredia, Cartago preparó sus milicias y San José tuvo que enfrentar una guerra en dos frentes en la segunda guerra civil del país, La Guerra de la Liga. Lo interesante es que los josefinos ganaron la guerra en una quincena. El 14 de octubre, los cartagineses fueron detenidos en la Batalla de Cuesta de Moras, entre los botines de guerra se encontraba la imagen de la patrona de Costa Rica, la Virgen de los Ángeles (que misteriosamente no hizo esfuerzo alguno por devolverse a su gruta durante los siete años que estuvo en la parroquia de San José). Una vez ocupado Cartago y libres de problemas, los josefinos ganaron la Batalla del Río Virilla el 28 de octubre y ocuparon a sus otros molestos vecinos. La capital se quedaba en su lugar.


Con la declaratoria de Braulio Carrillo durante su dictadura, San José pasó a ser la capital de Costa Rica de forma permanente, tanto que ni siquiera Francisco Morazán pudo deshacer este entuerto (todavía nos duele haberlo fusilado, pero quién manda al mayor prócer de centroamérica a invadir un estado tan inseguro como este). Y desde entonces, esta ironía de la vida ha estado en el corazón de todos los costarricenses. De como los autoproclamados amantes de la paz tenemos una capital que obtuvo ese honor por las armas. Nadie sabe que vueltas da la vida. Nadie lo sabe.

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ESCRITO POR Carlos Molina

Vivo con la inquietud de darle sustento y contenido a los mundos que hay en mi cabeza y plasmar la vida de tantos personajes que habitan en mi imaginación. De ahi que, esta urgencia creadora se confabuló con mi pasión por la Ciencia Ficción para esclavizarme felizmente hasta completar mi primera saga literaria, "La Guerra del Borde Interno".

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