EXTRACTOS.

¿Curioso? Lee extractos de las novelas de la saga y convéncete.

PERSONAJES

Fichas y biografías de los personajes de esta emocionante saga espacial.

RAZAS

Conoce a las diferentes especies alienígenas que aparecen en esta obra de ciencia ficción.

RESEÑAS.

Reseñas sobre las diferentes novelas de esta saga literaria.

PERFILES.

Perfiles personales de los personajes clave de la saga.

El Escape del Goeben y el Breslau


Durante la historia de la humanidad, han existido momentos en que una fuerza militar se encuentra ante una desventaja militar en que nunca jamás hubiese sospechado encontrarse. Una situación de la que no existe salida posible, pero a través de la cual se mide de lo que están hechos los hombres que se encuentran en ella. Desde tiempos inmemoriales los lectores nos hemos visto cautivados por los relatos de estas aventuras improbables, hemos imaginado que se hubiese hecho en otro caso y como las circunstancias se presentaron favorablemente para poder convertir a sus involucrados en leyenda. Anabisis de Jenofonte (a través de la Expedición de los Diez Mil) nos dio un ejemplo para la posteridad de que una fuerza decidida al mando de un comandante eficiente puede conseguir milagros. Esto mismo sucedió con la pequeña Flota Mediterránea del Imperio Alemán durante los primeros días de la Primera Guerra Mundial.


Es que el Kaiser Guillermo II siempre había tenido ambiciones mundiales. No sólo había comprado, conquistado, violado y ocupado cada lugar que las demás potencias no habían poseído. También quería meterse en el área de influencia de sus odiados enemigos. Francia por supuesto era su principal objetivo, pero la envidia y la verdadera fuente de su odio siempre sería la pérfida Albion (Reino Unido). Por esto, como un pavoreal que se pavonea de sus plumas nuevas, este preparó una pequeña flota para representarlo en el Mediterráneo, en donde en conjunto con las fuerzas que el Imperio Austro-Hungaro y el Reino Italiano pudiera ofrecer consideraba que podía hacer frente a los barcos obsoletos que los franceses y los británicos tenían en este océano. Pero, cuando Italia no honró su parte del trato y se declaró neutral, la situación de esta pequeña flota se volvió insostenible.

Como todo buen oficial aguerrido y de combate, el contralmirante Wilhelm Souchon obedeció de inmediato las órdenes que había recibido por adelantado de la marina alemana. Estacionado en Pola (actualmente Croacia) para el estallido de la guerra, el escuadrón partió del puerto de inmediato aunque no se habían terminado las reparaciones de su nave capitana, el crucero de batalla Goeben. Con esto tenía dos objetivos, evitar quedar atrapado en el Mar Adriático (la suerte de toda la flota Austro-Hungara) y tratar de hostigar a los efectivos franceses e ingleses en el Mar Mediterráneo. Pero, tal como siempre sucede, la situación se volvió cada vez más peligrosa para este osado grupo. El Primer Lord del Almirantazgo (Winston Churchill de fama futura en la próxima guerra) le ordenó a la Flota Mediterránea Inglesa al mando de Sir Archibald Berkeley Milne proteger las rutas comerciales de transporte de los franceses. Este fue realmente específico al proclamar que una fuerza de cruceros no debía enfrentar a una "fuerza superior" sin un respaldo de acorazados correspondiente.

Milne ensambló su flota en Malta el 1 de agosto y le ordenó al contraalmirante Ernest Troubridge que se dirigiera de inmediato a cubrir la salida del Adriático. Pero por si las dudas, el alto mando llamó a dos de sus cruceros pesados a cubrir la entrada de Gibraltar para evitar que los molestos cruceros alemanes escaparan a casa. Pero los alemanes ya no estaban a la altura de Taranto. Es más, los alemanes ya no estaban en el Adriático. Sin recibir órdenes, el almirante Souchon planeo el bombardeo de Bone y Phillipville en la Argelia Francesa. Luego de separarse para atacar cada blanco, el 3 de agosto la pequeña flota se enteró de la declaración de guerra del Imperio Alemán a Francia. Para el 4 de agosto, la pequeña flota recibió una orden aún más perturbadora, proveniente del mismo almirante Tirpitz. "Proceda a Constantinopla". Estando tan cerca de su objetivo, Souchon no renunció a bombardear ambos blancos bajo bandera rusa, pero una vez terminada esta labor obedeció la orden y ambos partieron hacia Messina como alma que lleva el diablo.

La primera oportunidad que tuvieron los aliados de detener a estos intrépidos alemanes estuvo en manos del almirante frances Augustin Boue de Lapeyere. Como jefe de la Flota Mediterránea y con tres escuadrones a su mando (incluyendo varios cruceros acorazados pesados), este almirante pudo haber ordenado interceptar a los incómodos e inferiores en número alemanes. Pero era un oficial promedio, con una carrera prometedora de su juventud pero en este momento con más de sesenta años. Simplemente se apegó a la orden de defender a las ciudades y supuso que se retirarían hacia el Oeste (Gibraltar). La segunda oportunidad vino de parte del almirante vino de parte de los dos acorazados enviados a Gibraltar (Indefatigable e Indomitable), que pasaron a línea de vista de ambas embarcaciones. Pero eran las 9:30 del 4 de agosto. La declaración unilateral de guerra se presentaría hasta en la tarde, así que los atrevidos alemanes escaparon de nuevo de una segura destrucción por pura suerte.


Cuando Churchill ordenó la persecución de ambas naves, Milne dio la orden a sus cruceros de regresar. Pero estos no podían mantenerle el paso a los alemanes, así que cuando el HMS Dublin perdió el rastro de ambas naves en Sicilia, ellas pudieron llegar tranquilas a Messina. Pero mientras recargaban carbón, el almriante Souchon recibió las peores noticias. En primer lugar, el Imperio Austro-Hungaro no apoyaría a las naves ni se arriesgaría a salir del Mar Adriático. La segunda mala noticia es que el Imperio Otomano se retractó de su promesa y no iba a entrar en guerra de parte de los poderes centrales. ¿O quedar atrapado en el Adriático o recluidos ante una potencia neutral en el Mar Negro?


Los italianos no se la pusieron fácil y fueron muy estrictos con sus 24 horas para aprovisionarse. Pero el almirante Milne se apegó a sus órdenes, respetó la neutralidad de Italia (conservándose en aguas internacionales), desplegó a sus cruceros de batalla hacia el Oeste (dónde todavía suponía que se iban a dirigir) y le ordeno al comando del almirante Troubridge que vigilara la entrada al mar Adriático para impedir el escape de los alemanes. Pero los cruceros armados a su disposición no podían superar al Goeben en velocidad ni en poder de fuego. Para cuando los barcos alemanes partieron de puerto y estuvieron a línea de tiro, Troubridge siguió la orden de Winston Churchill, y no combatió cuando pudo interceptar las naves porque no contaba del apoyo para enfrentar a una "fuerza superior"; y como no recibió confirmación de su superior abandonó la persecución la noche del 5 de agosto. Los alemanes habían escapado.


Sólo el crucero Gloucester continúa a la vera de los alemanes, pero como tenían planeado recargar en alguna parte de Grecia, el Breslau lo enfrentó en combate y lo dejó atrás. Cuando Milne se dio cuenta de que los alemanes huían "hacia el Este" trató de coordinar una fuerza de combate efectiva, pero como Inglaterra le había declarado la guerra al Imperio Austro-Hungaro decidió que lo mejor era mantener tapado el Mar Adriático en lugar de perseguir a los alemanes. Finalmente para el 9 de agosto, Milne dio la orden de perseguir a las molestas naves alemanas, bloqueó el Mar Egeo y se dispuso a esperar, seguro de que el almirante Souchon no se atrevería a dirigirse a los Dardanelos. Se quedó esperando.


Souchon se reabasteció de carbón en la isla Donoussa el 9 de agosto, y violando toda clase de tratados se adentró por el estrecho de los Dardanelos el 10 de agosto de 1914. Con los británicos detrás de ellos, la diplomacia alemana convenció a Enver Pasha de dejarlos pasar y prohibir a los británicos continuar su persecución. Pero el Imperio Otomano era un país neutral, haber recibido a estas naves violaba su neutralidad. Por medio de la diplomacia, el Imperio Alemán ofreció como obsequio ambas naves al Imperio Otomano, que gustoso recibió los nuevos barcos en una pequeña ceremonia el 16 de agosto del 1914. Esto produjo un gran alivio a Gran Bretaña, pero de haber sabido lo que sucedería después no hubieran celebrado con alegría.


El destino se encargó de tornar esta extraordinaria aventura en ventaja para las Potencias Centrales. Debido a la guerra, Winston Churchill en su puesto de Primer Lord del Almirantazgo había requisado dos barcos en construcción para los turcos para usarlos en su propia flota. El problema es que el pueblo turco entero había pagado (por medio de rifas y bonos) para la construcción de estos acorazados. La entrega simbólica de la Flota Mediterranea Alemana a manos turcas fue un golpe mediático que desbarató el apoyo del ala anglófila del Imperio Otomano. Antes de terminar el año, los turcos entrarían a la guerra del lado de Alemania. Antes de terminar la década, el último califato de la historia desaparecería, hundiendo al Cercano Oriente en una crisis de identidad que aún hoy no ha terminado.

El Escape del Goeben y el Breslau es un vivido ejemplo de que un comando naval no puede estar atado por órdenes confusas, y en caso de no tener nada en claro el mejor curso de acción es uno decisivo. El contralmirante Souchon, ante la expectativa de quedarse atrapado en el Adriático o en los Dardanelos, sin saber donde se encontraba la flota británica escogió la ruta más larga de escape. Esto lo transformó en un héroe en Alemania, un almirante agresivo que fue la pesadilla de la flota rusa en el Mar Negro y le brindó prestigio en una naval que iba desapareciendo. En cambio, el almirante Milne, el almirante Troubridge y el almirante Lapeyere no recibieron ningún otro comando durante el transcurso de la guerra, fueron duramente criticados y quedaron al margen de cualquier otra maniobra. El resultado timorato de esta acción motivaría al almirante Cradock a acometer un ataque suicida en la Batalla del Coronel frente a las costas de Chile en contra del almirante Graf von Spee.


El destino de los vencidos se encargaría de archivar este evento en la historia. Pero más por humillación y por revisión, debemos recordar estas gestas donde personas normales deben enfrentarse a situaciones excepcionales. La aventura del Goeben y el Breslau debe quedar grabada en nuestras mentes, porque es algo que no se volvería a repetir hasta veinte años después, un escape exitoso de una fuerza condenada a la destrucción. Años después, en la Segunda Guerra Mundial, Dunquerque ejemplificaría esto para los británicos. Porque sobrevivir contra todo pronóstico es parte vital de una tradición militar; y estos navíos ejemplificaron el triunfo contra la adversidad.



La violación de Bélgica

El 28 de julio del 2014 se celebra el aniversario más importante de la historia de la humanidad. Con el rechazo de Serbia del ultimátum del Imperio Austro-Húngaro debido al atentado del príncipe Francisco Ferdinando; se desencadeno la bola de nieve que dio inicio a la Gran Guerra, aunque en ese momento nadie tenía idea de las consecuencias que tendría este evento para todo el mundo occidental. Durante estos 100 años Europa dio un giro radical de la monarquía a las democracias representativas, el nacionalismo se iría apagando en el continente (aunque ha renacido como fuerza de palanca de la ultra-derecha para boicotear los esfuerzos de unificación gracias a la crisis económica del 2008) y finalmente homogenizaría las nacionalidades en toda Europa Central, garantizando que jamás habría ninguna excusa o motivo para que se desate de nuevo una guerra tan horrible como las dos anteriores que dominaron la primera mitad del siglo XX.


Pero el militarismo alemán a principios de agosto de 1914 se encontraba frente a una encrucijada. El plan de ataque a Francia, desarrollado por el general Alfred von Schlieffen hacia 1905, dictaba que para no repetir la misma ruta de invasión de Francia de la Guerra Franco-Prusiana, el ejército alemán debía invadir Bélgica. El único problema es que cuando todavía era el Reino de Prusia, el Imperio Alemán había firmado un tratado de no agresión con el pequeño país, que garantizaría su neutralidad. Fue el mismo canciller alemán  Theobald von Bethmann Hollweg quien desechó el tratado, tildándolo de "pedazo de papel". Seguros de que Inglaterra no honraría el tratado ni entraría en guerra al lado de Francia y de que la resistencia el Bélgica sería apenas simbólica; los alemanes atravesaron la frontera el 4 de agosto de 1914. En ambos aspectos se equivocó grandemente, Inglaterra declaró la guerra el mismo día y la resistencia en Bélgica resultó mucho más fuerte de lo esperado.


En la mente de los comandantes alemanes de esta guerra estaba siempre presente el fenómeno de la guerrilla que tuvieron que enfrentar como oficiales menores durante la Guerra Franco-Prusiana. Con el recuerdo siempre vivo de los franc-tireurs, los especialistas tiradores y guerrilleros que hicieron casi imposible el movimiento fluido de las tropas durante la anterior guerra, los altos mandos decidieron que para evitar estas eventualidades, para romper el espíritu de resistencia de un pueblo con tanto coraje como Bélgica, debían destruirlo moralmente y darle un golpe contundente para que nunca se atrevieran a levantar la mano en contra de su nuevo amo.

Aunque hubo indicios y amagos de violencia de parte del Ejército Alemán, la violación de Bélgica como se conocería comenzó en Dinant. Uno de los centros de la industria armamentista belga, la resistencia de la ciudad y la incorporación de civiles convenció a todos los mandos del ejército invasor que tenían un problema de guerrillas formándose entre manos. De esta forma, en todo el centro y el este de Bélgica los alemanes comenzaron a quemar casas y matar civiles que consideraban sospechosos. 

El punto focal de su ira se concentró en la ciudad de Leuven. Luego de su capitulación, el 25 de agosto el ejército alemán entró a la ciudad, desalojó a su población civil y quemó todas las edificaciones. Durante la orgía murieron 248 personas, más de 10 mil quedaron desamparadas y sin hogar, refugiadas en su propia tierra. Pero ellos no pararon allí. Reportes constantes y consistentes daban constancia que por donde pasaban los alemanes se desataba la barbarie. 

En la provincia de Brabant se esparcieron rumores de que los alemanes desnudaban a las monjas, en la ciudad de Aarschot se informó sobre la violación de mujeres. El caos y la destrucción se desató a lo largo del territorio belga por donde pasaban los alemanes, con su cuota de muertos y destrucción que convertiría a Bélgica de la sexta potencia industrial a uno de los países más subdesarrollados de Europa al final de la guerra. Fue tan grave el daño que el Reino de Bélgica en la actualidad no ha recuperado esos niveles de industrialización. 


Si fuera por cuestiones de historia, lo sucedido a Bélgica puede ser un deja-vu debido a la política imperialista que el mismo país impuso sobre el Congo Belga (actual República Democrática del Congo). Sin embargo, el mayor beneficiado de esta orgía de destrucción y muerte protagonizada por los alemanes fue la Entente Cordiale. Tomando hasta el más pequeño rumor y magnificándolo hasta el infinito, los propagandistas de Francia e Inglaterra usaron lo sucedido como excusa para atraer a más aliados a su causa. Al final, esto combinado con la ineptitud diplomática del Imperio Alemán traería a la guerra a Estados Unidos, lo que le permitiría a la Entente sobreponerse en la guerra. Al final, el deseo de revancha de una Francia herida y una Inglaterra casi en la bancarrota serían la cuna de un conflicto más monstruoso que este. Donde estos horrores no sólo se repetirían, sino que se magnificarían hasta dejar al mundo sorprendido por el nivel de maldad que puede albergar el alma del ser humano. En realidad, no ocupamos demonios para que nos susurren, el ser humano por si sólo es lo suficientemente enfermo para cometer actos de maldad más allá de la comprensión. Y aceptar esto, enfrentarlo nos hace más humanos.


Metropolis: San José, Costa Rica. Capital por la voluntad de las armas.


¿Por qué? ¿Por qué la capital de Costa Rica es una de las más jóvenes de toda Latinoamérica? ¿Por qué la capital de un país diminuto y pacífico, sin ejército, de personas que han venido evolucionando en el subdesarrollo y la modernidad consideran su capital a una de las ciudades más horribles de Latinoamérica (sino del mundo). Soy costarricense, pero admito que San José es un basurero. Los turistas sólo pasan por Barrio Amón y existe una ruta establecida para evitar las zonas marginales. Pero en el Parque de la Merced ya no se puede descansar. La basura ronda los bulevares construidos hace dos décadas; las prostitutas, los proxenetas, los traficantes y la policía bailan una danza de iniquidad e indiferencia en las vías de tránsito rápido para persona. Los habitantes que debemos trabajar debemos evitar todo eso y continuar con nuestra vida. Para bien o para mal.


Soy mal costarricense al decir la verdad de una capital que como muchas otras en Latinoamérica sufre de la inoperancia de nuestros gobernantes y de su bien sabida incapacidad de gobernar una democracia en donde no hay un Poder que logre ostentarlo por suficiente tiempo. Pero como nacido en San José, como amante de las armas y que firmemente cree en las palabras de Robert Heinlein de que "se han resuelto mucho más problemas con la violencia que con nada más"; me llena de orgullo vivir en una de las pocas ciudades de todo el mundo que se ganó el derecho de ser considerada la capital de su país por las armas. Así es, San José es capital del pequeño Costa Rica gracias a las armas.


San José nació como muchas otras ciudades del colonialismo español en el año 1738, por órdenes del Cabildo de León. Esta medida tenía un doble objetivo, el primero era poder tener una estructura urbana en el área más poblada del Valle Central (no, el Valle del Guarco donde se encontraba la capital no era el más poblado para ese momento); el segundo era servir como contrapeso a la influencia de la ciudad de Cartago sobre la región. Lo irónico es que la orden fue construir una capilla, "La Boca del Monte", que sirvió como aglutinante para el desarrollo del casco urbano de la ciudad.


A diferencia de muchas otras ciudades, no hubo decreto ni acuerdo para formar a San José. Por lo tanto, en sus primeros años no existía gobierno formal establecido por el dominio español. Es hasta la Constitución de Cadiz de 1812 que San José fue elevada al nivel de ciudad y recibió a su primer gobernante. Lamentablemente, la constitución fue anulada y los derechos de la ciudad sólo fueron reconocidos hasta la segunda década del siglo XIX.

Irónicamente, los acontecimientos sucedidos durante la independencia de Centroamérica fueron el catalizador para que San José ganara su título de capital. El Imperio Méxicano de Agustín de Iturbide ambicionaba consumir centroamérica entre sus redes. Liberales y conservadores se debatían entre obedecer a quien era superior en armamento o optar por un sistema republicano. Agrupados en Cartago, los elementos monárquicos (del emperador Iturbide) dieron el primer golpe de estado del país; como respuesta San José (donde se asentaban la mayoría de los republicanos) respondió a la amenaza y ambas fuerzas se movieron hasta las alturas de Ochomogo en marzo de 1823, donde lucharon una batalla corta por el dominio del país. Los republicanos ganaron, pero imitando la Batalla de Nueva Orleans de 1812, habían depuesto a Iturbide el 19 de marzo del mismo año (maldito problema de comunicaciones). Gracias a la victoria, el comandante Gregorio José Ramirez (que actuaba con poderes plenipotenciarios) ocupó Cartago y en una de sus dos únicas leyes transfirió la capital a San José (¡si!).

Los siguientes años estuvieron llenos de incertidumbre. Tanto las ciudades vecinas de Alajuela y Heredia, así como la antigua capital Cartago deseaban el título y el honor de ser la capital del estado para si mismas. José Rafael de Gallegos, un Jefe de Estado notable que siguió las nobles tradiciones costarricenses, quiso quedar bien con todos estableciendo la Ley de la Ambulancia, que permitiría rotar la capital entre las diferentes ciudades. Fue un fracaso que provocó en parte su caída. En 1835, con los ánimos caldeados, llega un cartagines a gobernar el país, Brualio Carrillo Colina. Abogado pragmático y sin temor a nada, supo lo desasertado de la medida, así que la derogó y decidió transferir la capital a San Juan del Murciélago (ahora Tibas, hogar de la S) por decreto (a unos kilómetros entre San José y Heredia). ¡Ooops!

Es obvio que a nadie le gustó la medida. Alajuela se unió a Heredia, Cartago preparó sus milicias y San José tuvo que enfrentar una guerra en dos frentes en la segunda guerra civil del país, La Guerra de la Liga. Lo interesante es que los josefinos ganaron la guerra en una quincena. El 14 de octubre, los cartagineses fueron detenidos en la Batalla de Cuesta de Moras, entre los botines de guerra se encontraba la imagen de la patrona de Costa Rica, la Virgen de los Ángeles (que misteriosamente no hizo esfuerzo alguno por devolverse a su gruta durante los siete años que estuvo en la parroquia de San José). Una vez ocupado Cartago y libres de problemas, los josefinos ganaron la Batalla del Río Virilla el 28 de octubre y ocuparon a sus otros molestos vecinos. La capital se quedaba en su lugar.


Con la declaratoria de Braulio Carrillo durante su dictadura, San José pasó a ser la capital de Costa Rica de forma permanente, tanto que ni siquiera Francisco Morazán pudo deshacer este entuerto (todavía nos duele haberlo fusilado, pero quién manda al mayor prócer de centroamérica a invadir un estado tan inseguro como este). Y desde entonces, esta ironía de la vida ha estado en el corazón de todos los costarricenses. De como los autoproclamados amantes de la paz tenemos una capital que obtuvo ese honor por las armas. Nadie sabe que vueltas da la vida. Nadie lo sabe.